jueves, 20 de marzo de 2014

Los científicos y la cultura (respuesta a :"Un país de ignorantes orgullosos")

He leído recientemente un artículo de Patricia F. de Lis, titulado un país de ignorantes orgullosos. El tema que trata es muy recurrente en el mundo de la física y la divulgación, el desprecio por parte de cierto sector cultural hacia la cultura científica. En concreto habla de como los tertulianos de la radio pública comentaban de forma jocosa el no haber entendido el reciente resultado sobre la inflación. 

La falta de cultura científica es un problema, ciertamente, y se puede ver reflejado en muchos aspectos de la sociedad. En los programas de debate raramente hay científicos, sino expertos todólogos que lo mismo opinan de la situación de Ucrania, que del derecho al aborto, que de la situación científica española. Los manifiestos "intelectuales, generalmente a favor o en contra de alguna decisión gubernamental, están llenos de firmas de escritores, periodistas, actores, cantantes, pero rara vez importa la opinión de los científicos (ni las de los maestros, profesores y demás, pero eso es otra cuestión). En definitiva, que la sociedad española necesita más cultura científica es algo, en mi opinión, incuestionable y prioritario. 

Por otro lado, hay que reconocer que el nuevo resultado de la colaboración BICEP es bastante complicado de entender. Yo mismo soy físico, y estuve el día siguiente del anuncio en una charla que dieron los padres de la teoría inflacionaria en mi universidad. He de reconocer que entendí aproximadamente la mitad de la misma, ya que gran parte fueron cuestiones que están muy lejos de mi campo. Dada la importancia de este descubrimiento estoy haciendo un esfuerzo por comprenderlo lo mejor posible, pero con muchos otros no lo hago por simple falta de tiempo. Es evidente, entonces, que mucha gente no científica no comprenda bien cuál es el nuevo resultado y la importancia del mismo. Por suerte hay intentos de explicarlo para gente profana como el maravilloso post de cuentos cuánticos. No es razonable esperar que unos tertulianos comprendan y sepan comentar sobre este tema. Quizás lo que hay que hacer es olvidar la figura del tertuliano que opina de todos los temas, y pasar a invitar a gente informada de cada tema. Eso solucionaría muchos problemas, pero no sólo en cuestiones científicas. 

Por otra parte, según mi filosofía de intentar ver las cosas como son, en vez de como yo querría que fueran, no puedo obviar una frase del artículo: "No conozco a ningún científico que se jacte de no haber ido a un museo, de no haber visto una película o de no haber leído a Shakespeare". Esta afirmación sólo puede tener una causa, la autora conoce muy pocos científicos, o los conoce en poca profundidad. Me encantaría pensar que los científicos somos mejores en ese sentido que otros colectivos, que respetamos todas las ramas del conocimiento y somos menos prepotentes que otros miembros de la sociedad, pero el realismo no me deja. A lo mejor lo que quiere decir es que no conoce ningún científico que haya pronunciado en voz alta, y delante suya, la frase "me jacto de no haber leído a Shakespeare", aunque eso no fue lo que hicieron los tertulianos que critica, creo yo. 

No sé cuál es la causa psicológica concreta, pero en mucha gente veo una tendencia a intentar convencer a los demás de que sus conocimientos y su estilo de vida es el mejor. Yo soy alpinista y a los que no lo seáis os costará imaginar cuantos libros y artículos hay escritos basados en una simple idea: "Si no eres alpinista, tu vida es una mierda". Por supuesto, esto ocurre en muchos otros ámbitos. El que viaja mucho intenta convencer a la gente de que hay que viajar, el que vive en su pueblo toda su vida habla de lo importante que son las raíces, el que lee mucho lo mismo, el que sabe de electrónica, el que hace yoga... Los científicos no somos una excepción. En continuas ocasiones he visto a un científico, o simplemente una persona que ha estudiado una carrera científica, comentar lo importante que es que la gente aprenda más matemáticas, para inmediatamente después mostrar una total y absoluta ignorancia en otros temas como la política, la geografía o la literatura. 

Por supuesto yo tengo mi propio estilo de vida, en el que se incluyen muchas de las cuestiones mencionadas como aprender más de ciencia, viajar o practicar el alpinismo. En ese sentido, intento reducir al mínimo mi prepotencia con respecto a mi estilo de vida, aunque he de reconocer que no siempre lo consigo.


En definitiva, me gustaría que los científicos, y la gente con cultura científica, no veamos la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio, y que veamos nuestros propios defectos y carencias como vemos los de los demás.


Os dejo con una exageración humorística de la actitud de muchos científicos en estos temas. 


sábado, 25 de enero de 2014

El peligro de la no-vacunación para los niños vacunados

Foto vista en el grupo de facebook, I fucking love science, sobre los peligros de la no-vacunación incluso para los niños que sí han sido vacunados.



Traducción (libre):

- ¿Cómo pueden ser mis hijos no-vacunados un peligro para tus hijos vacunados si estás tan seguros de que las vacunas funcionan?

- Me alegro de que preguntes. Déjame responder de manera que lo entiendas.

1. Las enfermedades no han desaparecido. Simplemente están controladas porque la gente con sentido común vacuna a sus hijos.
2. Hay gente sin sentido común; ellos no vacunan a sus hijos. Sí, hablo de ti, amanecer cariño, con tu doctorado por la Universidad de Google y tu postdoc en Whale.to. (Nota: whale.to es una web con enlaces a todas las tonterías pseudocientíficas del mundo).
3. Porque tus pequeños querubines tienen más probabilidad de enfermar. 23 veces más probable para la tos ferina, y 35 veces para el sarampión, por ejemplo.
4. Tus pequeñajos tienen más probabilidad de verse expuestos a estas enfermedades. Porque antivacunas como tú suelen relacionarse con otros antivacunas.
5. Tus pequeños amores pueden contagiar a otros niños que son demasiado pequeños aún para vacunarse. 
6. Estos niños inocentes se contagian de enfermedades mortales extendidas por gente suficientemente estúpida como para no vacunarse (¡como tú!).
7. Ninguna vacuna es 100% efectiva, por lo que niños vacunados puede contagiarse de tu enfermedad. Necesitamos una alta vacunación para tener protección de grupo.
8. Infecta a suficientes niños y alguno morirá. La mayoría tendrán secuelas de por vida, otro simplemente sufrirán una enfermedad innecesaria.
9. Todo ese sufrimiento será TU culpa por no vacunar a tus enanos.

A todo esto I fucking love science añade un décimo punto:

10. Some children are immunocompromised or are allergic to a component of vaccines, and so cannot be vaccinated. They rely on herd immunity to keep them safe and healthy.

10. Algunos niños tienen inmunodeficiencia o son alérgicos a las vacunas, por eso no pueden ser vacunados. Esos niños dependen de la inmunidad de grupo para mantenerse sanos y salvos. 

Edición: La fuente original ha subido también esta foto con el daño causado por el movimiento antivacunas, por países. (Fuente)




sábado, 21 de diciembre de 2013

Carl Sagan: La cuestión del aborto: una búsqueda de respuestas


La cuestión quedó zanjada hace años. El poder judicial optó por el término medio. Uno pensaría que la polémica había concluido, pero sigue habiendo concentraciones masivas, bombas e intimidación, muertes de trabajadores de clínicas abortistas, detenciones, intensas campañas, drama legislativo, audiencias del Congreso, decisiones del Tribunal Supremo, grandes partidos políticos que casi se definen sobre la materia y eclesiásticos que amenazan con la perdición a los políticos. Los adversarios se lanzan acusaciones de hipocresía y asesinato. Se invocan por igual el espíritu de la Constitución y la voluntad de Dios. Se recurre a argumentos dudosos como si fueran certidumbres. Los bandos en liza apelan a la ciencia para fortalecer sus posiciones. Se dividen las familias, maridos y mujeres deciden no hablar del asunto, viejos amigos dejan de hablarse. Los políticos examinan los últimos sondeos para descubrir qué les dicta la conciencia. Entre tanto grito, resulta difícil que los adversarios se escuchen.


Las opiniones se polarizan. Las mentes se cierran.

¿Es ilícito interrumpir un embarazo? ¿Siempre? ¿A veces? ¿Nunca? ¿Cómo decidir? Escribimos este artículo para entender mejor cuáles son las posturas enfrentadas y para ver si conseguimos hallar una posición que satisfaga ambas. ¿No existe término medio? Hay que sopesar los argumentos de uno y otro bando para determinar su consistencia y plantear supuestos prácticos, puramente hipotéticos en más de un caso. Si pareciera que algunos de estos supuestos van demasiado lejos, solicitamos del lector que tenga paciencia, pues estamos tratando de forzar las diversas posturas hasta su punto de ruptura a fin de advertir sus debilidades y fallos.

Cuando se reflexiona sobre ello, casi todo el mundo reconoce que no hay una respuesta tajante. Vemos que muchos partidarios de posturas divergentes experimentan cierta inquietud o incomodidad cuando se dualiza lo que hay detrás de los argumentos enfrentados (en parte por eso se rehúyen tales confrontaciones). La cuestión afecta con seguridad a interrogantes más hondos: ¿cuáles son nuestras responsabilidades mutuas?, ¿debemos permitir que el Estado intervenga en los aspectos más íntimos y personales de nuestra vida? ¿dónde están los límites de la libertad? ¿qué significa ser humano?

Respecto de los múltiples puntos de vista, existe la extendida opinión, sobre todo en los medios de comunicación que rara vez tienen el tiempo o la inclinación debidos para establecer distinciones sutiles de que sólo existen dos, "pro elección" y "pro vida". Así es como se autodenominan los dos bandos contendientes y así los llamaremos aquí. En la caracterización más simple, un partidario de la elección sostendrá que la decisión de interrumpir un embarazo sólo corresponde a la mujer y que el Estado no tiene derecho a intervenir, en tanto que un antiabortista mantendrá que el embrión o feto está vivo desde el momento de la concepción, que está vida nos impone la obligación moral de preservarla y que el aborto equivale a un asesinato.

Ambas denominaciones (pro elección y pro vida) se eligieron pensando en influir sobre quienes aún no se habían decidido: pocos desearán ser incluidos entre los adversarios de la libertad de elección o los enemigos de la vida. La libertad y la vida son, desde luego, dos de nuestros valores más apreciados, y aquí parecen hallarse en un conflicto fundamental.

Consideraremos sucesivamente estas dos posiciones absolutistas.

Un bebé recién nacido es con seguridad el mismo ser que justo antes de nacer. Existen pruebas sólidas de que un feto ya bien desarrollado reacciona a los sonidos, incluyendo la música, pero en especial a la voz de su madre. Puede chuparse el pulgar o sobresaltarse. De vez en cuando genera ondas cerebrales de adultos. Hay quienes afirman recordar su nacimiento o incluso el entorno uterino. Quizá se piense dentro del útero. Resulta difícil sostener que en el momento del parto sobreviene abruptamente una transformación hacia la personalidad plena. ¿Por qué, pues, debería considerarse asesinato matar un bebé el día después de nacer pero no el día antes?

En términos prácticos, esto es poco importante. Menos del 1% de los abortos registrados en Estados Unidos tienen lugar en los tres últimos meses del embarazo (y tras una investigación más atenta se descubre que la mayoría corresponden a abortos naturales o errores de cálculos), sin embargo, los abortos realizados durante el tercer trimestre proporcionan una prueba de los límites del punto de vista "pro elección". ¿Abarca el "derecho innato de una mujer a controlar su propio cuerpo" el de matar un feto casi completamente desarrollado y que, a todos los fines, resulta idéntico a un recién nacido?

Creemos que muchos de quienes defienden la libertad reproductiva se sienten, al menos en ocasiones, inquietos ante esta pregunta, pero son reacios a planteársela porque es el comienzo de una pendiente resbaladiza. Si resulta inadmisible suspender un embarazo el noveno mes, ¿qué sucede con el octavo, el séptimo, el sexto...? ¿No cabe deducir que el Estado puede intervenir en cualquier momento si reconocemos su capacidad para actuar en un determinado momento del embarazo? Esto invoca el espectro de unos legisladores, predominantemente varones y opulentos, decidiendo que mujeres que viven en la pobreza carguen con unos niños que no pueden permitirse el lujo de criar; obligando a adolescentes a traer al mundo hijos para los que no están emocionalmente preparadas; diciendo a las mujeres que aspiran a una carrera profesional que deben renunciar a sus sueños, quedarse en casa y criar niños; y, lo peor de todo, condenando a las víctimas de violaciones e incestos a aceptar sin más la prole de sus agresores. Las prohibiciones legislativas del aborto suscitan la sospecha de que su auténtico propósito sea controlar la independencia y la sexualidad de las mujeres.

¿Con qué derecho los legisladores se permiten decir a las mujeres qué deben hacer con su cuerpo? La privación de la libertad de reproducción es degradante. Las mujeres ya están hartas de ser avasalladas. Sin embargo, todos estamos de acuerdo en que es justo que se prohiba el asesinato y que se imponga una pena a quien lo comete. Muy débil sería la defensa del asesino si alegara que se trataba de algo entre su víctima y él, y que eso no concernía a los poderes públicos. ¿No es deber del Estado impedir que se elimine un feto si ese acto constituye de hecho el asesinato de un ser humano? Se supone que una de las funciones del Estado es proteger al débil frente al fuerte.

Si no nos oponemos al aborto en alguna etapa del embarazo, ¿no existe el peligro de considerar a toda una categoría de seres humanos indigna de nuestra protección y respeto? ¿No es ésa una de las características del sexismo, el racismo, el nacionalismo y el fanatismo? ¿Acaso quienes se dedican a combatir tales injusticias no deberían evitar escrupulosamente que se cometa otra?

Hoy por hoy no existe el derecho a la vida en ninguna sociedad de la Tierra, ni ha existido en el pasado (con unas pocas excepciones, como los jainistas de la India): criamos animales de granja para su sacrificio, destruimos bosques, contaminamos ríos y lagos hasta que ningún pez puede vivir en ellos, matamos ciervos y alces por deporte, leopardos por su piel y ballenas para hacer abono, atrapamos delfines que se debaten faltos de aire en las grandes redes para atunes, matamos cachorros de foca a palos, y cada día provocamos la extinción de una especie. Todas esas bestias y plantas son seres vivos como nosotros. Lo que (supuestamente) está protegido no es la vida en sí, sino la vida humana.

Aun con esa protección, el homicidio ocasional es un hecho corriente en las ciudades y libramos guerras "convencionales" con un costo tan elevado que por lo general preferimos no pensar demasiado en ello. (Significativamente, suelen justificarse las matanzas en masa organizadas por los estados redefiniendo como subhumanos a nuestros adversarios de raza, nacionalidad, religión, e ideología). Esa protección, ese derecho a la vida, no reza para los 40.000 niños menores de 5 años que mueren cada día en el planeta por causa de inanición, deshidratación, enfermedades y negligencias que habrían podido evitarse.

La mayoría de quienes defienden el "derecho a la vida" no se refieren a cualquier tipo de vida, sino, especial y singularmente, a la vida humana. También ellos, como los partidarios de la elección, deben decidir qué distingue a un ser humano de otros animales y en qué momento de la gestación emergen esas cualidades específicamente humanas, sean cuales fueren.

Pese a las numerosas afirmaciones en contra, la vida no comienza en el momento de la concepción; es una cadena ininterrumpida que se remonta a los orígenes de la Tierra, hace 4.600 millones de años.

Tampoco la vida humana comienza en la concepción, sino que es una cadena ininterrumpida que se remonta a los orígenes de nuestra especie, hace cientos de miles de años. Más allá de toda duda, cada espermatozoide y cada óvulo humano están vivos. Es obvio que no son seres humanos, pero lo mismo podría decirse de un óvulo fecundado.

En algunos animales, un óvulo puede desarrollarse hasta convertirse en un adulto sano sin la contribución de un espermatozoide. No sucede así, por lo que sabemos, entre los seres humanos, Un espermatozoide y un óvulo no fecundado comprenden conjuntamente toda la donación genética de una persona. En ciertas circunstancias, tras la fecundación pueden llegar a convertirse en un bebé. Sin embargo, la mayoría de óvulos fecundados aborta de modo espontáneo. La conclusión del desarrollo no está garantizada. Ni el espermatozoide ni el óvulo aislados, como así tampoco el óvulo fecundado, pasan de ser un bebé o un adulto potenciales. ¿Por qué, pues, no se considera asesinato destruir un espermatozoide o un óvulo si uno y otro son tan humanos como el óvulo fecundado producido por su unión, y en cambio sí se considera asesinato destruir un óvulo fecundado, aunque sólo sea un bebé en potencia?

De una eyaculación humana media surgen centenares de millones de espermatozoides (agitando la cola y a una velocidad de 12 cm por hora). Un hombre joven y sano puede producir en una o dos semanas espermatozoides suficientes para doblar la población humana de la tierra. ¿Significa esto que la masturbación es un asesinato en masa? ¿Qué decir, entonces, de las poluciones nocturnas o del simple acto sexual? ¿Muere alguien cuando cada mes se expulsa el óvulo no fecundado? ¿Deberíamos llorar todos esos abortos espontáneos? Muchos animales inferiores pueden desarrollarse en laboratorio a partir de una sola célula corporal. Las células humanas pueden ser objeto de clonación. (La cepa más famosa quizá sea la He La, bautizada así por Helen Lane, su donante.) a la luz de tal tecnología, ¿sería un crimen en masa la destrucción de células potencialmente clonables? ¿Y el derramamiento de una gota de sangre?

Todos los espermatozoides y óvulos son mitades genéticas de seres humanos potenciales.

¿Es preciso hacer esfuerzos heroicos por salvar y preservar a todos y cada uno, en razón de ese "potencial"? Existe desde luego, una diferencia entre suprimir una vida y no salvarla. También es muy distinta la probabilidad de supervivencia de un espermatozoide de la de un óvulo fecundado. Sin embargo, el absurdo de un cuerpo de ínclitos conservadores de semen nos lleva a preguntarnos si es el simple "potencial" que tiene un óvulo fecundado de convertirse en un bebé convierte realmente su destrucción en un asesinato.

A los enemigos del aborto les preocupa que, una vez autorizado el inmediato a la concepción, ninguna argumentación lo impida en cualquier momento subsiguiente del embarazo. Temen que un día resulte admisible matar a un feto que sea, inequívocamente, un ser humano. Tanto los partidarios de la elección como los de la vida (al menos algunos) se ven empujados a posiciones tajantes por su temor compartido a esa pendiente resbaladiza.



Otra pendiente resbaladiza es aquella a la que llegan los antiabortistas dispuestos a hacer una excepción en el caso angustioso de un embarazo fruto de la violación del incesto.

Ahora bien, ¿por qué debería depender el derecho a la vida de circunstancias de la concepción?

¿Puede el Estado decidir la vida para la prole de una unión legítima y la muerte para la concebida por la fuerza o la coerción, cuando en ambos casos se trata de la vida de un niño? ¿Cómo puede ser esto justo? Por otra parte, ¿por qué no hacer extensiva a cualquier otro feto la excepción que se aplica a éstos?

A tal motivo se debe en parte el que algunos antiabortistas adopten la postura, considerada indignante por muchas otras personas, de oponerse al aborto en cualquier circunstancia (excepto, quizá, cuando corre peligro la vida de la madre).

En todo el mundo, la causa más frecuente de aborto es, con mucho, el control de la natalidad. ¿No deberían, entonces, los adversarios del aborto distribuir anticonceptivos y enseñar su uso a los escolares?

Ése sería un medio eficaz de reducir los abortos. Por el contrario, Estados Unidos se halla muy por detrás de otras naciones en el desarrollo de métodos seguros y eficaces de control de la natalidad y, en muchos casos, la oposición a tales investigaciones (y a la educación sexual) ha procedido de las mismas personas que se oponen al aborto.

La búsqueda de un criterio éticamente sólido y no ambiguo acerca de si el aborto es admisible en algún momento tienen profundas raíces históricas. Con frecuencia, y sobre todo en la tradición cristiana, esta búsqueda estuvo ligada a la cuestión del instante en que el alma penetra en el cuerpo, materia no demasiado susceptible de investigación científica y tema polémico incluso entre teólogos eruditos. Se ha afirmado que la infusión del alma tenía lugar en el semen antes de la concepción, durante ésta, en el momento en que la madre percibe por vez primera los movimientos del feto en su seno y el nacimiento mismo o incluso más tarde.

Cada religión tiene su doctrina.

Entre los cazadores-recolectores no suele haber prohibiciones contra el aborto, y también era corriente en la Grecia y la Roma antiguas.

Por el contrario, los asirios, más severos, empalaban en estacas a las mujeres que trataban de abortar. El Talmud judío enseña que el feto no es una persona y, en consecuencia, carece de derechos. Tanto en el antiguo Testamento como en el Nuevo, (que abundan en prohibiciones en extremo minuciosas, con respecto a la indumentaria, dieta y palabras) no aparece una sola mención que prohíba de modo específico el aborto. El único pasaje que menciona algo relevante en ese sentido (Éxodo 21:22) declara que si surge una pelea y una mujer resulta accidentalmente lesionada y aborta, el responsable debe pagar una multa.

Ni San Agustín ni Santo Tomás de Aquino consideraban homicidio el aborto en fase temprana (el último basándose en que el embrión no "parece" humano). Esta idea fue adoptada por la iglesia en el Concilio de Vienne (Francia) en 1312 y nunca ha sido repudiada. La primera recopilación de derecho canónico de la Iglesia Católica, vigente durante mucho tiempo (de acuerdo con el notable historiador de las enseñanzas eclesiásticas sobre el aborto, John Connery, S.J.) sostenía que el aborto era homicidio sólo después de que el feto estuviese ya "formado", aproximadamente hacia el final del primer trimestre.

Sin embargo, cuando en el siglo XVII se examinaron los espermatozoides a través de los primeros microscopios, parecían mostrar un ser humano plenamente formado.
Se resucitó así la vieja idea del homúnculo, según la cual cada espermatozoide era un minúsculo ser humano plenamente formado, dentro de cuyos testículos había otros innumerables homúnculos, y así ad infinitum.

En parte por obra de esta mala interpretación de datos científicos, el aborto, en cualquier momento y por cualquier razón, se convirtió en motivo de excomunión a partir de 1869. Para la mayoría de los católicos resulta sorprendente que la fecha no sea más remota.

Desde la época colonial hasta el siglo XIX, en Estados Unidos la mujer era libre de decidir hasta que "el feto se movía". Un aborto en el primer trimestre de embarazo, e incluso en el segundo, constituía, en el peor de los casos, una infracción. Rara vez se solicitaba una condena al respecto, y resultaba casi imposible de obtener, en parte porque dependía por entero del propio testimonio de la mujer acerca de si había sentido los movimientos del feto, y en parte por la repugnancia del jurado a declararla culpable por haber ejercido su derecho a elegir. Se sabe que en 1800 no existía en Estados Unidos una sola disposición concerniente al aborto. En la práctica totalidad de los periódicos (ya hasta en muchas publicaciones eclesiásticas) aparecían anuncios de productos abortivos, aunque el lenguaje empleado fuese convenientemente eufemístico.

Hacia 1900, en cambio, en todos los estados de la Unión, el aborto estaba vedado en cualquier momento del embarazo, excepto cuando fuese necesario para salvar la vida de la mujer. ¿Qué sucedió para que se produjera un cambio tan extraordinario? La religión tuvo poco que ver. Las drásticas transformaciones económicas y sociales que se producían en Estados Unidos estaban transformando la sociedad agraria en otra urbana e industrializada. Norteamérica estaba pasando de una de las tasas más altas de natalidad del mundo a una de las más bajas. Es innegable que el aborto desempeñó un papel en ello y estimuló fuerzas para su supresión.

Una de las más significativas fue la profesión médica. Hasta mediados del siglo XIX la medicina constituía una actividad sin reconocimiento oficial y sin supervisión.

Cualquiera podía colocar un cartel a la puerta de su casa y autotitularse médico. Con el auge de una nueva elite médica de formación universitaria, ansiosa de incrementar el rango y la influencia de los facultativos, se constituyó la asociación Médica Americana. Durante su primera década la AMA empezó a presionar para que el aborto sólo pudiera ser efectuado por quienes poseyesen título facultativo. Los nuevos conocimientos en embriología, afirmaban los médicos, habían revelado que el feto era humano incluso antes de que la madre sintiese su presencia.

El asalto de la profesión médica contra el aborto no se debió a una inquietud por la salud de la mujer, sino, según se decía, por el bienestar del feto. Había que ser médico para saber cuándo resultaba moralmente justificable un aborto, porque la cuestión dependía de hechos científicos y médicos que sólo los facultativos comprendían. Al mismo tiempo, las mujeres quedaban excluidas de las facultades de medicina, donde habrían podido adquirir conocimientos tan arcanos.

Tal como se desarrollaban las cosas, las mujeres nada tenían que decir acerca de la interrupción de sus propios embarazos. También correspondía a los médicos determinar si la gestación planteaba un riesgo para la mujer y quedaba enteramente a su discreción decidir qué era arriesgado y qué no lo era.

Para la mujer rica, podía tratarse de un peligro para su tranquilidad emocional o incluso para su estilo de vida. La mujer pobre se veía a menudo obligada a recurrir al aborto clandestino.

Así fue la ley hasta la década de los sesenta de este siglo, cuando una coalición de individuos y organizaciones, entre las que figuraba la AMA, trató de abolirla y restablecer los valores más tradicionales que se encarnarían en el caso Roe contra Wade.

Si uno mata deliberadamente a un ser humano, se dice que ha cometido un asesinato. Si el muerto es un chimpancé (nuestro más próximo pariente biológico, con el que compartimos el 99,6% de genes activos) cualquiera, entonces no es asesinato. Hasta la fecha, el asesinato se aplica sólo al hecho de matar seres humanos. Por eso resulta clave en el debate sobre el aborto la cuestión del momento en que surge la personalidad (o, si se prefiere, el alma). ¿Cuándo se hace humano el feto? ¿Cuándo emergen las cualidades distintivamente humanas?

Reconocemos que la fijación de un momento exacto tiene que pasar por alto las diferencias individuales. Por este motivo, si hay que trazar una línea, se debe proceder con cautela, es decir, pecar más por exceso que por defecto. Hay personas que se oponen al establecimiento de un límite numérico, y compartimos su inquietud, pero si tiene que existir una ley sobre esta materia, que represente un compromiso útil entre las dos posiciones extremas, hay que determinar, al menos aproximadamente, un período de transición hacia la personalidad.

Cada uno de nosotros partió de un punto. Un óvulo fecundado tiene aproximadamente el tamaño del punto que hay al final de esta frase. La unión trascendental de espermatozoide y óvulo suele tener lugar en una de las dos trompas de Falopio. Una célula se convierte en dos, dos se convierten en cuatro, etcétera (una aritmética exponencial de base 2). Hacia el décimo día el óvulo fecundado se ha trocado en una especie de esfera hueca que se encamina hacia otro reino, el útero. A su paso destruye tejidos, absorbe sangre de los vasos capilares, se baña en la sangre materna, de la que extrae oxígeno y nutrientes, y se fija como una especie de parásito a la pared del útero.

Hacia la tercera semana, para cuando se produce la primera falta, el embrión en formación tiene dos milímetros de longitud y desarrolla varias partes del cuerpo.

Sólo en esta etapa comienza a depender de una placenta rudimentaria. Recuerda algo a un gusano segmentado.

Hacia el final de la cuarta semana ya mide unos cinco milímetros.

Es reconocible ahora como vertebrado, su corazón en forma de tubo comienza a latir, se advierte algo parecido a los arcos branquiales de un pez o un anfibio, y una cola pronunciada. Parece más bien una lagartija acuática o un renacuajo. Este es el final del primer mes de gestación.

Hacia la quinta semana, cabe distinguir las grandes divisiones del cerebro. Se evidencia lo que más tarde serán los ojos y aparecen unos pequeños brotes que luego se transformarán en brazos y piernas.

Hacia la sexta semana el embrión mide 13 milímetros. Los ojos permanecen todavía a los lados de la cabeza, como en la mayor parte de los animales, y la cara reptiliana posee unas hendiduras unidas que más tarde darán lugar a la boca y la nariz.



Hacia el final de la séptima semana la cola casi ha desaparecido y se advierten ya caracteres sexuales (aunque ambos sexos parecen femeninos). La cara es de mamífero, pero un tanto porcina.

Hacia el final de la octava semana la cara semeja la de un primate, si bien aún no es del todo humana.

En sus elementos esenciales ya están presentes la mayoría de las partes del cuerpo. La anatomía del cerebro inferior está bien desarrollada. El feto revela respuestas reflejas a estímulos sutiles.

Hacia la décima semana la cara tiene ya un aspecto inconfundiblemente humano. Comienza a ser posible distinguir niños de niñas. Las uñas y las grandes estructuras óseas no resultan evidentes hasta el tercer mes.

Hacia el cuarto mes se puede diferenciar la cara de un feto de la de otro. En el quinto mes la madre suele sentir sus movimientos. Los bronquiolos pulmonares no empiezan a desarrollarse hasta aproximadamente el sexto mes y los alvéolos aún más tarde.

¿Cuándo accede, pues, un feto a la personalidad, habida cuenta de que sólo una persona puede ser asesinada? ¿Cuándo la cara se torna claramente humana, cerca del final del primer trimestre? ¿Cuándo reacciona ante estímulos, también al final del primer trimestre? ¿Cuándo se torna lo bastante activo para que la madre lo sienta, hacia la mitad del segundo trimestre? ¿Cuándo los pulmones alcanzan un grado de desarrollo suficiente para que el feto pueda respirar por sí mismo, llegado el caso, el aire exterior?

Lo malo de estos hitos del desarrollo no es sólo que sean arbitrarios: más inquietante resulta el hecho de que ninguno implica características exclusivamente humanas, al margen de la cuestión superficial de la apariencia facial. Todos los animales reaccionan ante los estímulos y se mueven a su antojo. Muchos son capaces de respirar. Sin embargo, eso no impide que los matemos por miles de millones. Los reflejos, el movimiento y la respiración no son lo que nos hace humanos.

Otros animales nos superan en velocidad, fuerza, resistencia, a la hora de trepar, excavar o camuflarse, en vista, olfato, oído, o en el dominio del aire o del agua. Nuestra única gran ventaja es el pensamiento. Somos capaces de reflexionar, de imaginar acontecimientos que todavía no han sucedido, de concebir cosas. Así fue como inventamos la agricultura y la civilización. El pensamiento es nuestra bendición y nuestra maldición, y nos hace ser lo que somos.

El pensamiento tiene lugar, desde luego, en el cerebro, sobre todo en las capas superiores de la "materia gris" replegada que llamamos corteza cerebral. Cerca de 100.000 millones de neuronas cerebrales constituyen la base material del pensamiento. Las neuronas están unidas entre sí y sus conexiones desempeñan un papel crucial en lo que llamamos pensamiento, pero la conexión a gran escala de las neuronas no empieza hasta el sexto mes de embarazo.

Mediante la colocación de electrodos inofensivos en la cabeza de un individuo, los científicos pueden medir la actividad eléctrica emanada de la red de neuronas cerebrales.

Diferentes tipos de acción mental revelan distintas clases de ondas cerebrales, pero las pautas regulares típicas del cerebro humano de un adulto no aparecen en el feto hasta cerca de la trigésima semana del embarazo, hacia el comienzo del tercer trimestre. Hasta entonces, los fetos, por vivos y activos que parezcan, carecen de la necesaria arquitectura cerebral. Todavía no pueden pensar.

Aceptar que se puede matar cualquier criatura viva, en especial una que más tarde tal vez se convierta en un bebé, es problemático y doloroso, pero hemos rechazado los extremos "siempre" y "nunca", y eso nos coloca, querámoslo o no, en la pendiente resbaladiza. Si tenemos que optar por un criterio de desarrollo, aquí es donde hay que trazar la raya: cuando se hace posible un mínimo asomo de pensamiento característicamente humano.

Se trata, en realidad, de una definición muy conservadora, rara vez se encuentran en un feto ondas cerebrales regulares. Serían útiles nuevas investigaciones (también comienzan tardíamente las ondas cerebrales bien definidas durante la gestación de fetos babuinos y ovejas). Si pretendemos que el criterio sea todavía más estricto para tomar en consideración el desarrollo cerebral precoz de algún feto, podemos trazar la raya a los seis meses. Ahí es en donde la trazó el Tribunal Supremo de Estados Unidos en 1973, aunque por razones completamente diferentes.

Su decisión en el caso Roe contra Wade modificó la legislación estadounidense sobre el aborto, que lo permite a petición de la mujer sin limitaciones durante el primer trimestre y, con ciertas restricciones encaminadas a proteger su salud, en el segundo trimestre y autoriza a los estados a prohibir el aborto en el tercer trimestre, excepto cuando exista una seria amenaza para la vida o la salud de la mujer. En la decisión de Webster de 1989, el Tribunal Supremo se negó explícitamente a revocar la sentencia del caso Roe contra Wade, pero de hecho invitó a las 50 legislaturas estatales a que decidiesen por su cuenta.

¿Cuál fue el razonamiento en el caso Roe contra Wade? No reconocía peso legal a lo que suceda con los niños una vez nacidos o con la familia. El tribunal determinó, en cambio, que el derecho de una mujer a la libertad de reproducción se halla protegido por la garantía constitucional de su intimidad. Ahora bien, ese derecho no es omnímodo. Hay que sopesar la garantía de intimidad de la mujer y el derecho a la vida del feto, y cuando el tribunal consideró la cuestión otorgó prioridad a la intimidad en el primer trimestre y a la vida en el tercero. La transición no se estableció según las consideraciones tratadas hasta ahora en este capítulo: cuándo sucede la "infusión del alma" o en qué momento reviste el feto suficientes rasgos humanos para ser protegido por la legislación contra el asesinato. El criterio adoptado fue, por el contrario, si el feto podía vivir fuera de la madre. Esto es lo que se denomina "viabilidad ", y depende en parte de la capacidad de respirar. Sencillamente, los pulmones no están desarrollados y el feto no puede respirar (por muy perfeccionado que fuese el pulmón artificial de que se le dotase) hasta cerca de la vigésimo cuarta semana, hacia el comienzo del sexto mes. Es por esto por lo que la legislación estadounidense permite a los estados prohibir los abortos en el tercer trimestre.

Se trata de un criterio muy pragmático.

Según la argumentación, si en una cierta etapa de la gestación pudiese ser viable el feto fuera del útero, entonces su derecho a la vida se impondría al derecho de la mujer a la intimidad. Ahora bien, ¿qué significa "viable"? Incluso un recién nacido a término no es viable sin cuidado y cariño considerables. Hace tan solo unas décadas, antes de las incubadoras, la viabilidad de los bebés nacidos en el séptimo mes era improbable. ¿Hubiera sido admisible entonces abortar en el séptimo mes?

¿Se tornaron de repente inmorales los abortos en el séptimo mes tras la invención de las incubadoras? ¿Qué sucederá si en el futuro se desarrolla una nueva tecnología que permita a un útero artificial mantener un feto vivo incluso antes del sexto mes, proporcionándole oxígeno y nutrientes a través de la sangre (como hace la madre a través de la placenta)? Reconocemos que es improbable que vaya a existir esa tecnología a corto plazo o que llegue a estar al alcance de gran número de personas, pero ¿sería entonces inmoral abortar antes del sexto mes cuando antes no lo era? Una moralidad que depende de la tecnología y cambia con ésta es una moralidad frágil y, para algunos, inaceptable.

Es más, ¿por qué han de ser la respiración, el funcionamiento de los riñones o la capacidad de resistir las enfermedades, por ejemplo, justificativos de la protección legal? ¿Sería admisible matar un feto que revelase pensamientos y sentimientos pero que no fuera capaz de respirar? A nuestro juicio, el argumento de la viabilidad no puede determinar de manera coherente cuándo son admisibles los abortos. Se requiere otro criterio. Una vez más, ofrecemos la consideración del primer atisbo de pensamiento humano.

Puesto que, por término medio, el pensamiento fetal comienza a manifestarse incluso después del desarrollo fetal de los pulmones, creemos que la sentencia del caso Roe contra Wade fue una decisión buena y prudente respecto de una cuestión compleja y difícil. Con la prohibición del aborto en el último trimestre (excepto en los casos de grave necesidad médica ) se alcanza un equilibrio justo entre las reivindicaciones enfrentadas de la libertad y de la vida.



"La cuestión del aborto: una búsqueda de respuestas"

Entre la "vida" y la "elección"
Parade, 22 de abril de 1990
Carl Sagan

(Encontrado en Argatea)

sábado, 14 de diciembre de 2013

Economía y pseudociencia: crítica a las falacias económicas imperantes

Recientemente el economista Jose Luis Ferreira ha escrito un libro, titulado Economía y pseudociencia: crítica a las falacias económicas imperantes. Para quien no lo conozca Ferreira es profesor titular de economía en la Universidad Carlos III de Madrid. Su faceta divulgadora la desarrolla principalmente en su blog Todo lo que sea verdad, y también en es colaborador activo del blog Mapping Ignorance. Leyendo sus posts se puede apreciar bien cuál es su postura, la defensa de una ciencia económica basada en el empirismo, en el análisis de datos, la realización de experimentos y simulaciones por ordenador. Debido a eso creo que lo puedo catalogar como el economista más científico que conozco, muy por encima en ese aspecto de otros que suelen rellenar columnas día sí día no en los periódicos españoles. 

Como se puede deducir del título del libro, este va sobre economía y ciencia. Mi postura en ese tema siempre ha sido que no tengo muy claro si la economía se puede considerar una ciencia. La capacidad de experimentación es limitada, igual que la capacidad de hacer predicciones que puedan ser luego contrastadas. Estas cuestiones las trata Ferreira en el primer capítulo de su libro, explicando que si bien la economía puede ser diferente de las demás ciencia dentro de ella sí se pueden identificar comportamientos más científicos y otros que van en contra de toda experiencia. Igualmente el carácter predictivo de la economía no es igual que el de la física, por ejemplo, pero eso no quiere indicar que no haya posibilidad ninguna de predecir ciertos eventos que ocurrirán si se toman ciertas medidas. 

Una vez terminada la introducción el libro pasa a desmontar distintas opiniones económicas que, según el autor, carecen de fundamento. Básicamente cada capítulo se centra en un aspecto de la economía y revisa de manera crítica afirmaciones e ideas que están bastante extendidas. Algunas de estas ideas son muy generales, pero otras vienen directamente de artículos y libros publicados por otros autores. Ahí los errores aparecen con nombre y apellidos, y no son pocos los que reciben su crítica. Gente popular en España como Niño Becerra, Vicenc Navarro o Alberto Garzón y gente internacional como Paul Krugman o Paul Grignon son algunos de los criticados. Lo más importante, en mi opinión, es que el autor nunca critica a la persona, sino la idea, y no la critica desde un punto de vista ideológico, sino con argumentos empíricos. 

Un ejemplo son las predicciones de Niño Becerra, y como no se han ido cumpliendo. Un dato curioso que yo no conocía es que este politólogo es aficionado a la astrología y presento una ponencia en un congreso astrológico sobre: Las grandes crisis socioeconómicas en la era de Piscis. En mi opinión esto debería se suficiente para no volver a tomar en serio a este hombre y sus predicciones en el futuro. Ferreira es más correcto y se limita a criticar sus afirmaciones y predicciones en economía.

Otro ejemplo se encuentra en el libro Hay alternativas [2], de Vicenç Navarro, Juan Torres López y Alberto Garzón. En ese libro se pronuncia repetidas veces el siguiente argumento: 

Cuando los ingresos salariales son bajos y las pequeñas y medianas empresas tienen dificultades porque no hay gasto suficiente, lo que ocurre es que aumenta el endeudamiento. Eso les viene muy bien a los bancos, porque su negocio es precisamente ofrecer créditos, y por eso piden siempre políticas de contención salarial. 

Esta afirmación es criticada en el libro no por afirmar que los bancos interfieran en las políticas económicas, sino por el método que sugiere. 

¿De dónde sale el que los bancos prefieran una ciudadanía pobre y endeudada, con alto riesgo de impago? Los bancos dan más crédito cuanto mayores sean los salarios y los beneficios de las empresas. ¿Por qué no se van los bancos a los países más pobres? ¿Por qué tienen más beneficios en los países más ricos? La realidad del negocio bancario hace extremadamente irreal esa teoría conspiratoria. Si la hay, será en otros términos.

Por supuesto yo no entro a valorar quién tiene razón, sobre todo ya que no he leído todavía el libro de Navarro-López-Garzón, pero es claro que la argumentación de Ferreira está basada en la experiencia, y no en verdades a priori o cuestiones ideológicas.

Todo el libro está empapado de esa idea, las opiniones económicas deben ser contrastadas y analizadas desde un punto de vista crítico y lo más científico posible. Como investigador no puedo más que apoyar ese punto de vista. Por supuesto, las cuestiones económicas tienen mucho de ideología, nadie lo duda, pero la ideología no puede movernos a ir en contra de la realidad. 

Además de la crítica a posturas pseudoeconómicas en los medios, el libro también analiza ciertas situaciones actuales. Ejemplos son el copago en medicina, la producción intelectual y las descargas o la Tasa Tobin. En todos los casos se defiende que las propuestas se deben defender en función de su eficiencia y de los objetivos a conseguir. 

Un ejemplo es lo que el autor denomina el "Monopolio Intelectual", es decir, la protección de los autores intelectuales mediante derechos de autor, pago por copia privada o legislación en contra de las descargas. Sobre ese debate se exponen dos posturas diferenciadas. 

El discurso a favor del monopolio intelectual suele tener la siguiente argumentación: 

«Si no se protege al autor mediante los derechos de autor, compensaciones por copia o por piratería— se corre el peligro de quitar los incentivos para la producción intelectual. Si la copia es libre, el autor perderá la remuneración por la venta y uso de su obra y se dedicará a otra actividad».

El discurso en contra dice algo así:

«El autor tiene otras fuentes de remuneración distintas y que tienen que ver con su condición de autor —como subsidios, trabajos remunerados o premios—. Además, las preferencias por el original y las ventajas de ser el primero en distribuir la obra permiten ya una remuneración. La copia ayuda a la difusión de la obra y a la celebridad del autor, que se beneficiará por ello». 

Después de analizar el tema el autor concluye: 

Consideremos ahora dos mundos alternativos que pueden suceder si la copia está permitida. 

– El mundo optimista. El nivel de creación sube un 30%, la difusión crece un 100% y la remuneración de los autores se mantiene.

– El mundo pesimista. El nivel de creación desciende un 70%, la difusión crece un 50% y la remuneración de los autores se reduce un 80%.

¿Es deseable permitir la copia? Creo que podemos concluir que sí en el mundo optimista, y que no en el pesimista. De nuevo la respuesta a la cuestión es empírica, y no apriorística. El saber si el número de títulos publicados varía o no con la introducción de nuevas leyes de derechos de autor será interesante, como también lo será el saber qué proporción de la remuneración a los autores llega por derechos de autor y qué parte llega por otras fuentes de ingreso como tocar en conciertos —muchos con subvenciones públicas— o tener una profesión en la que hacer valer la actividad creadora —desde profesor hasta conferenciante, columnista o tertuliano—, por poner solo un par de ejemplos.


Me parece un punto de vista interesante sobre un tema muy de actualidad. Continuamente se participan en debates donde se ven afirmaciones apriorísticas de este tipo. Que si no hay derechos de autor se producirá más o menos, que el software libre o privativo permite más o menos productividad y ahorro (véase mi opinión en Los Mantras del Software Libre), y muchos otros temas. Coincido con el autor en que serían deseables más argumentos, al menos en lo que a productividad se refiere. Por supuesto en este, y muchos otros temas, hay cuestiones éticas por discutir, pero cuando se habla de productividad se debería argumentar mejor. 

En definitiva es un libro completo y sencillo. No es un manual de economía, ni profundiza demasiado en cada tema. Quizás ese es su principal defecto, ya que yo hubiera preferido un análisis más profundo de algunos de los temas. En cualquier caso, para gente sin conocimientos de economía e interesados en la ciencia, como yo, es muy recomendable. 


[1]  Navarro, Vicenç et. al: Hay alternativas: propuestas para crear empleo y bienestar en España , Sequitur, Madrid, 2011.